domingo, 20 de enero de 2013

Descubriendo un nuevo lugar. Primera parte.


¿Cuánto tiempo habrá pasado desde que Elijah se separó de su madre? ¿Semanas, meses? Probablemente 2 o 3 meses, pero aun así el pequeño recuerdo el día de la llegada al orfanato como si hubiera sido ayer…

Nada más salió de su casa le llevaron a un coche bastante grande. Era un poco emocionante montar en semejante vehículo, ya nunca había hecho nada parecido. Tenía un montón de asientos, tres delante, tres en medio y tres detrás. Él se puso en los de en medio. Aquella señora guardó la maleta del crío en el maletero, y luego le ayudó a atarse el cinturón. Se montó en el asiento del piloto y empezó a conducir. Elijah no sabía la localización del centro a donde iba, así que no sabía cuánto duraría el trayecto. Apoyó la cabeza al cristal, pues no le apetecía ni observar el exterior, y poco a poco, con el murmullo de la música de la radio, se fue quedando dormido.
Un frenazo hizo que el niño abandonara su sueño, y agitando la cabeza se despejó un poco. Echó un vistazo a través de la ventanilla del coche, parecía que ya habían llegado. Pudo observar un gran edificio, antiguo, oscuro. Triste. La verdad no era lo que él esperaba, a la vista no había ningún niño. ¿Le habrían engañado? Se desató el cinturón, pero necesitó ayuda para abrir la puerta. Bajó del coche con un leve salto y se dirigió a la puerta de entrada, pero ahí se quedó, inmóvil. La señora, de nombre desconocido todavía, abrió la puerta con una de las llaves que colgaban de un enorme llavero repleto de estas. Y entró.  La miró, como se iba alejando por un pasillo aparentemente eterno.

-  Vamos pequeño, te enseñaré tu habitación.

La señora habló sin girarse, como si tuviera un ojo en la nuca con el cual pudiera ver que el niño no avanzaba. Elijah empezó a caminar, algo asustado tras lo ocurrido.



Llegaron a una habitación, que también estaba cerrada con llave, y después de abrirla, la mujer entró, dejando la maleta del niño sobre una cama, bastante baja, adaptada para un niño pequeño, con unas sábanas blancas, impolutas, sin ninguna arruga.

-  Bueno, ya hemos llegado, aquí será donde duermas, ¿Te gusta? No está tan mal, ¿Verdad?

La mujer empezó a hablar y hablar, pero el Elijah ni le prestaba atención. Observaba la habitación, estaba prácticamente vacía, salvo por la cama y un escritorio con su correspondiente silla. También había una ventana, y unos barrotes que la atravesaban de arriba abajo.  Frunció el ceño al ver aquello, le parecía incomprensible.

-  Yo ahora me tengo que ir, ¿De acuerdo? Si necesitas algo puedes decírmelo… ¡Ah! Mi nombre es Margaret. ¿Sí? Si no, puedes avisar a cualquier adulto del centro.

Hizo un amago de sonrisa, y salió de la habitación. Hacía demasiadas preguntas, ¿Por qué continuaba haciéndolas si él no contestaba ninguna? Se quedó quieto en medio de la habitación después de la marcha de Margaret. Giró sobre si mismo y al hacerlo descubrió una cosa más en la habitación: Un armario. Se acercó con cautela, y una gran decepción recorrió su cuerpo al ver que estaba vacío, nada nuevo que inspeccionar.

No sabía qué hacer, así que se dispuso a deshacer la maleta, colocando cada prenda de ropa bien puesta dentro del armario. Ropa interior con la ropa interior, camisetas con camisetas, pantalones con pantalones…  Tampoco es que tuviera mucha ropa que ordenar. Aquella acción que acaba de hacer le recordaba a cuando lo hacía su madre. Cerró los ojos y el olor del suavizante que utilizaban en casa le vino a la mente, acompañado de su madre guardando la ropa en el armario de la habitación del niño, mientras sonreía y dejaba escapar los versos de una canción infantil. Aquello pudo con él, y todavía con los ojos cerrados, dejó que las lágrimas fluyeran. La canción no se le iba de la cabeza, ni el rostro de su madre. Sin darse cuenta, se dirigió a la cama, donde se dejó caer, encogiéndose sobre esta, sin dejar de llorar, recordando constantemente la canción, entre sollozos.


1 comentario: