miércoles, 21 de noviembre de 2012

¿Conoces a Elijah?


Cinco años atrás, ciudad de Berlín, un frío invierno. Un pequeño piso, muy pequeño, prácticamente en medio de la ciudad. Estaba desordenado, sucio, lleno de trastos por todas partes. Dentro, una mujer, mejor dicho, una chica, ni siquiera debía llegar a los 25 años, estaba embarazada. La barriga todavía no le abultaba bastante, pero si lo suficiente para poder deducir su embarazo. A su lado, un hombre, de tez pálida, con el pelo largo, descuidado, todo él está descuidado. Cara demacrada, ropa sucia, incluso rota, se notaba a la legua que era un drogadicto. Se notaba que era un consumidor habitual. Miraba a la chica. Odio, furia en su mirada. Ella temblaba, fijando la mirada en el suelo, mientras de sus ojos empiezan a salir lágrimas, deslizándose por sus rosadas mejillas.  La primera lágrima impactó sobre el suelo, justo en el momento que la palma de la mano  de aquel hombre demacrado impactaba también contra la mejilla de la pobre chica aterrorizada, a grito de: '' ¡De ahí dentro no puede salir nada bueno, saldrá un puto crío al que alimentar! ¡Una boca más en esta mierda de casa! ¡Eres una puta! ''.

Han pasado 4 años. Sigue un ambiente hostil en aquel pequeño hogar, si se le puede llamar así. Solo hay un cambio, un pequeño cambio, Elijah, Elijah Haynes. Es muy bajito para su edad, y bastante delgado, seguramente sea porque no recibe una alimentación adecuada. Tez pálida como la de su padre, pero por razones diferentes. Cabellos rubios, con un corte de pelo como si fuera un casco, dejando que el flequillo cubriera la frente entera, sin llegar a tapar los ojos, grandes y grises, aunque a veces se pueden confundir con azules.
Desde que el niño nació, no fue bienvenido, el padre no le quería, y a raíz de eso la madre tampoco, no estaba a gusto con él, tampoco no es que tuviera mucho tiempo para pasar con él, ya que se pasaba el día entero trabajando para poder conseguir algo de dinero, de algo tenía que alimentar a su familia, y estaba seguro que su marido no iba a ayudar. Elijah fue creciendo, dentro de lo que cabe, y el odio de su padre hacia él fue aumentando, lo veía como un estorbo, una mascota molesta a la que cuidar, nunca se dirigió hacia él como 'Hijo' o algo por el estilo, siempre con palabras despectivas, eso las veces que de dirigía hacia él. Era un hombre muy violento, no había día que no pegara a su mujer, por cualquier cosa, y empezó a coger gusto de pegar también a su hijo. Puñetazos, patadas... Se tenía que pasar el día entero con él, y era un disfrute. Cada golpe le subía todavía más, y le daba energía para volver a darle. El niño lo aguantaba todo, ya era costumbre, creía que era normal recibir semejantes palizas, hasta el punto de llegar a pensar que era un niño malo, por eso le ocurría aquello. El padre, descubrió que apagar los cigarrillos sobre el pecho o la espalda del niño dejaba unas cicatrices curiosas, le gustaban, ya tenía algo más que hacerle.

Elijah no recordaba si algún día lo habían sacado de casa, siempre ha creído que no. No llegó a empezar preescolar  nunca ha tenido contacto con otros niños. No sabía leer, ni escribir, ni los números, no sabía nada. Lo único que hacía en todo el día, aparte de ‘’estar con su padre’’, era ver la televisión, gracias a eso pudo aprender algunas cosas del exterior y los dibujos animados le entretenían, le aliviaban un poco, le hacían pensar en otras cosas, incluso imaginar sus propias aventuras en su cabeza. Tampoco no tenía juguetes, todo a lo que jugaba era imaginario, pero nunca se creó un amigo así, no se sabe por qué.


Las cosas seguían igual, el niño estaba apunto de cumplir cinco años, aunque nunca celebraban su cumpleaños, le daban chuches, rara vez, pero le gustaba, era el único detalle por el cual sabía que cumplía años.
Los días se hacían eternos, ya casi no sabía y cuando empezaba la noche, ni el día. Su madre cada vez pasaba menos tiempo en casa, y eso cabreaba muchísimo más a su padre, que no podía gozar de ella, y lo pagaba con el pequeño.
Gracias a la televisión, viendo varios programas y demás, empezó a comprender que el maltrato que recibía de su padre no era normal. Ya no creía ser un niño malo, no había motivos, nunca hacía nada malo.
Miedo, lo que empezó a sentir el pequeño cada vez que veía a su padre era miedo. A tal punto llegó este temor, que se pasaba los días escondidos debajo de la cama, procurando que no le viera.



Una mañana de uno de esos odiosos días fue extrañamente tranquila. No escuchó a su padre, ni divagar, ni insultar a personas imaginarias, ni siquiera le buscó para ‘’jugar’’.
Era raro, pero por si un caso, no salió de debajo de la cama para comprobar que pasaba. Normalmente se quedaba dormido en el lugar, y ese día no fue diferente, pero unos chillidos y llantos perturbaron su sueño. Eran de su madre. Hasta ahora aquello fue lo más raro que había pasado en todo el día, más que nada porque su padre no gritaba con ella. Eso pudo con él, con su curiosidad, y sigilosamente salió de su escondite.
A su mente infantil le costó asimilar la imagen que ahora estaba frente a él.
Su padre, estirado en el suelo, más pálido de lo habitual, y ya es decir, inmóvil, parecía que estaba dormido.
Su madre, al lado del cuerpo inerte. ¿Por qué estaba llorando? Le daba leves golpes en las mejillas con la yema de los dedos, pero no reaccionaba. 
De un chillido mandó al niño a la habitación, y este se volvió sin rechistar, cerrando la puerta después de haber entrado.


Las siguientes horas pasaron muy rápido. Mucho ruido, gente entrando y saliendo de su casa, en la calle se escuchaban las sirenas de los coches de la policía y de las ambulancias. Su madre seguía llorando, y de vez en cuando contestaba alguna pregunta. Pero Elijah no se movió de debajo de su cama, prácticamente estaba paralizado. Intentaba enterarse de todo lo que pasaba, pero no entendía ni la mitad entre lo difícil que era escucharlo detrás de la puerta y el vocabulario tan técnico que utilizaban los policías que estaban con su madre. 
No aguantaba más, y salió de nuevo de debajo de su cama, ya sin ese miedo que le recorría el cuerpo cuando sabía que su padre le estaba esperando tras la puerta, sino con curiosidad, quería enterarse de lo que hablaban, quería saber que le había pasado a su padre.


Abrió muy despacio la puerta, ya que tampoco quería ser visto. Ya una vez con buena visión de la sala, empezó a prestar atención, pero no contaba que había un policía mirándole. 
Le habían descubierto.
Entraron en la habitación del niño, y pudieron observar en las condiciones en las que estaba. Delgado, pálido, demasiado pequeño. Si te fijabas un poco más podías darte cuenta de varios golpes que tenía en la cara, alguna cicatriz, pero no demasiadas ni se notaban exageradamente. Tras varias preguntas al niño, de las cuales apenas contestó ninguna, si no era asintiendo o negando con la cabeza, los policías le dejaron en paz, y se fueron.
Ya se había quedado la casa vacía, solo estaban él y su madre, la cual tenía un aspecto peor que antes. Su padre se había ido para siempre.


Pasaron los días, no había nada para comer, su madre no encontraba trabajo. La cosa cada vez se volvía desesperante. Solo encontró una salida, una solución: La prostitución.
El problema que tenía con aquel empleo y tener un hijo, es que no podía dejarlo solo, no se podía quedar solo un niño de 5 años durante un día entero, o durante una hora entera, así que empezó a traerse los clientes a casa. Como era normal, encerraba al niño dentro de la habitación cada vez que llegaba un hombre, y el niño no sabía por qué, no lo entendía, no sabía que hacía con aquellos hombres, aunque el prefería estar alejado de otro hombre, con el miedo siempre de que fuera como su padre.


Un día, a primera hora de la mañana, alguien llamó a la puerta. ¿Quién podía ser? Era la pregunta de su madre. No esperaba ningún cliente, ni ninguna visita. Tras varios segundos de haber estado pensativa, decidió abrir, encontrando detrás de la puerta a una señora, seguramente ya había pasado los 50 años, que para presentarse usó la frase:

‘’ Vengo de parte de los Servicios Sociales. ’’

Todo lo ocurrido después de aquellas palabras fue una maleta mal hecha, con muy poca ropa, algunos papeles, tampoco no demasiados, un niño, con ojos llorosos, que intentaba asumir lo que estaba pasando, pero que le costaba bastante. Tenía que separarse de su madre, para siempre. Iba a ir a un lugar donde iban los niños que no tenían padres. ¿Por qué? Él si tenía, tenía una madre, es más, ¡Estaba a su lado! ¿No la veía aquella señora?
Pero no dijo nada. Guardó sus pensamientos. Ya hablaba su madre por él, la cual estaba intentando luchar por su hijo, era suyo, había salido de dentro de ella. En el tiempo que habían pasado solos le había cogido cariño y ahora se lo querían quitar, por una cosa que no había hecho ella. Poco a poco se fue calmando. No podía hacer nada… ¿Dónde iba a estar mejor Elijah que en un sitio donde podría dormir tranquilo y tendría siempre algo que comer? Debía pensar por el bien de su hijo. Ya no intentó pelear más, y dejó que aquella señora se llevara a su hijo, a su pequeño Elijah Haynes.